Paloma caída, la obra de Dani Francis, se presenta como una propuesta que destaca por su ritmo frenético y su atmósfera de intriga. Es un libro que cumple la función de mantener al lector pegado a las páginas, aunque flaquea a la hora de dar oxígeno a su propio universo y a sus personajes.
Lo primero que destaca de la novela es que resulta un libro muy entretenido, pero no necesariamente porque la trama sea absorbente o esté tejida con una intriga magnética, sino porque no paran de suceder cosas constantemente. Francis apuesta por un ritmo vertiginoso donde los acontecimientos se atropellan unos a otros.
Este ritmo tiene una consecuencia directa en la narrativa: a la protagonista no le da tiempo a asimilar lo que sucede a su alrededor. Inmediatamente después de un golpe traumático o un descubrimiento revelador, sucede una cosa nueva que se superpone a la anterior. Esto hace que la lectura vuele, pero a costa de sacrificar la profundidad emocional y el desarrollo de los personajes, que apenas tienen un segundo para respirar o procesar sus heridas.
El otro punto agridulce de la novela es la construcción de su mundo. Al inicio, la ambientación prometía que íbamos a profundizar en un lore rico y complejo de facciones enfrentadas. Sin embargo, el libro se limita a enseñar unas pocas cosas de los otros bandos, dejándonos con la miel en los labios sobre la verdadera escala del conflicto exterior.
En su lugar, gran parte de la trama sucede dentro de la base rebelde. Aunque este escenario cerrado ayuda a concentrar la tensión, el foco se desvía hacia la política interna.
Una lectura ideal para quienes busquen acción constante y giros rápidos. Te mantendrá entretenido de principio a fin, aunque te quedará la sensación de que el mundo exterior tenía mucho más que ofrecer.

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