Con Reina de sombras, Sarah J. Maas devuelve la acción a la capital y nos entrega una novela vibrante, llena de conspiraciones, reencuentros tensos y batallas épicas. Tras el ritmo más pausado de la entrega anterior, este cuarto volumen actúa como un catalizador donde las tramas empiezan a converger de forma trepidante. Es un libro tremendamente entretenido, aunque no exento de ciertas inconsistencias y decisiones de personajes discutibles.
El gran acierto de este volumen es el reparto de peso narrativo. Seguimos con la historia de Aelin, pero el resto de personajes tienen más protagonismo y mejor desarrollo. Los puntos de vista de Manon Pico de Hierro, Nesryn Faliq, Chaol o Aedion Ashryver aportan una riqueza brutal al mapa político y emocional de la historia, haciendo que el mundo se sienta vivo y polifacético.
Sin embargo, en el apartado de los detalles y la coherencia del lore, la autora aplica varios parches evidentes. Cambian cosas de Rowan respecto al anterior libro: por ejemplo, ya no se menciona que Aelin y él son primos (un detalle de parentesco lejano Fae que en Heredera de fuego sí se subrayaba), y que en un principio él tiene como 1000 años y ahora tiene poco más de 300. Son pequeños retcones o ajustes de edad y linaje que llaman la atención si se lee la saga de seguido.
En el terreno del desarrollo de los personajes masculinos principales, la novela deja un sabor de boca ambivalente. Por un lado, creo que en este libro se maltrata un poco al personaje de Chaol. El Capitán de la Guardia atraviesa su momento más oscuro y amargado, pero la narrativa parece ensañarse con él de forma injusta, culpándolo de dinámicas políticas y tragedias que sobrepasaban por completo su capacidad de actuar, dejándolo en una posición bastante ingrata frente al lector.
Por otro lado, resulta debatible cómo se gestiona el arco del Príncipe Heredero. Se percibe que se le quita mucha responsabilidad a Dorian por no luchar y dejar que el príncipe del Valg controle su cuerpo sin poner resistencia. Mientras que a otros personajes se les exige una entereza sobrehumana, con Dorian la narración adopta una postura mucho más indulgente, justificando su rendición psicológica inmediata bajo el yugo de la posesión.
A pesar de los desajustes en el lore de Rowan y el trato desigual a Chaol y Dorian, la novela es un espectáculo de acción, estrategia y empoderamiento. El regreso de la Reina a su reino es épico y sienta las bases para un conflicto a gran escala inolvidable.

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